Hacía muchos años (más de una década) de la última vez que el Vicente Calderón se convirtió en teatro. Y ayer lo volvió a hacer. No estaba una eliminatoria en juego como en aquella fatídica velada a la que nos referimos (cuartos del 97, ante el Ajax) dónde los rojiblancos competían con garantía, pero aparecieron los trajes de gala, y los focos brillaban con fuerza. No era a priori un partido de mismo nivel entre ambos equipos. El visitante era líder en su Liga y tenía la clasificación hecha; el local partía como equipo en descenso y con escasas opciones de conseguir el pase.
El Chelsea dispuso un planteamiento cuanto menos pasivo y conservador, sabedor de una superioridad en todos los aspectos, confirmada en el 4-0 de Londres. Desde vestuarios me atrevería a decir que así fue pactado entre cuerpo técnico y jugadores. Por contra, el Atlético prescindía de cuatro titulares para afrontar con garantías el derby madrileño, y Ancelotti decidió esperar y que Drogba entrara en acción con el paso de los minutos.
El juego con balón del conjunto inglés fue casi inexistente. Cuando poseía la pelota todo se remitía a que Drogba dominará la frontal de lado a lado y desplegar todo el ejército en algún balón parado. La movilidad era escasa tanto con pelota como sin ella, sin ahogar en exceso; la superioridad física y los balones divididos eran suficientes argumentos para tratar que el Atlético propusiera y chocara una y otra vez hasta que las fuerzas aguantaran. Y es obvio que lo consiguieron. El Chelsea no admite que el balón traspase la media luna del área, y así solucionó cualquier balón que pudiera llegar a sus cercanías. El equipo local no pisó ni una sola vez el área ni atacó la espalda de los laterales ingleses en toda la primera parte.
El Atlético salía con Sinama y Forlán arriba. El francés es un futbolista que de haber tomado parte en una hipotética guerra de semejante nivel, hubiera caído el primero. Era el jugador más débil de los 22, no tiene fútbol ninguno y como referencia lo hizo todo mal. En un videojuego, hubiera sido sustituido en el minuto 10. Su pareja de ataque no le anduvo muy lejos. Forlán perdió todos los choques; intimidado y encimado siempre con éxito. Asustadizo, impreciso y psicológicamente superado. A sus 30 años, no conoce un partido europeo de máxima exigencia y no tiene lo necesario para sobrevivir ante un ritmo tan alto, tan sólo su amenaza en el disparo le hace peligroso.
Ninguno de los dos delanteros locales atacó con firmeza la vía por la que el Chelsea siempre soluciona antes que previene: el mediocentro. Essien perdió su sitio en varias ocasiones y el espacio entre él y los centrales no fue ocupado, que es donde al Chelsea se le puede jugar de cara. Tampoco le supone un excesivo problema porque achicando tiene dos centrales de primerísimo nivel (Terry y Alex) que abandonan su zona con unas garantías sobresalientes. El ghanés es un futbolista de instinto y raza, y su naturaleza está en el achique y no en la ocupación de su espacio. Trató de presionar la salida rojiblanca, que ayer tuvo en Reyes a su principal arma constructiva en la primera parte, cuando en algunas ocasiones no era necesario teniendo Reyes a Cole y Malouda en superioridad y el poco apoyo y que supone Perea. Aún así, el utrerano estuvo muy inspirado, suponiendo una salida muy segura y dando posesión y horizontalidad al Atlético, pero no encontró la referencia que hiciera daño en la zona del mediocentro, abandonada por el propio Essien. Era un hueco que había que aprovechar. 0-0 al descanso.
La segunda parte debió ser precedida por algún circunloquio por parte de la UEFA, porque los acontecimientos ofrecidos a continuación lo merecían. Entró Agüero y salió Essien. Cada entrenador observó el mismo problema. Uno intentó aprovecharlo y el otro solucionarlo. Ancelotti dio entrada a Ballack y a Deco, recibiendo el partido algo más de fútbol en términos cualitativos. Era cuestión de ver quien tiraba más de la cuerda y quien salía victorioso.
Agüero irrumpió desde el primer minuto. Cualquiera diría que entró al terreno de juego con el dorsal en el pecho. La valentía de este chico está a la misma altura que sus virtudes. Todo el equipo se apoyó en su figura y su carácter para competir en las fases del partido más comprometidas y determinantes. Disputó todo tipo de acciones ante cualquier adversario y mantuvo duelos extraordinarios con toda la defensa del Chelsea que tuvo que echarse agua en la cara y poner el ritmo necesario, el de la Copa de Europa.
Su primera acción fue para pisar el área y provocar un posible penalti que el árbitro no señaló. A partir de ahí, su presencia embotelló al Chelsea y atrajo la atención de los centrales y la del balón; circunstancia aprovechada por el Atlético que obtuvo ventajas a la espalda de los laterales para poner centros al área. El conjunto local arropadísimo por los suyos durante todo el encuentro, trenzaba jugadas con la misión de finalizar cerca de Cech. Y todo por el número 10. Así fue el primer gol. Movimiento de arrastre del Kun a Alex y tras un rebote, balón a Antonio López que pone un centro rechazado al segundo palo, ocupado por... sí ¡Agüero!, que acude al espacio libre (se deshace de los defensores con dos desmarques, uno hacia dentro y otro en ruptura al segundo palo). 1-0. Respondió muy rápido en actitud el equipo inglés. La entrada de Ballack y Deco suponía lanzadores de calidad para Drogba y más posesión y aceleración a un balón y unos rivales en clara pesadez ; y con ello, profundidad. Más jugadores por delante de la pelota. El Atlético acusó tantos minutos de magnífica concentración y aguante. El costamarfileño que no había desplegado aún su exuberancia, lo hizo en diez minutos. Gol de cabeza y otro en una prolongación tras pérdida del rival, donde demostró su potencia y calidad. Superior.
Los mejores jugadores sobre el terreno tomaron la palabra. Drogba tiró más de la cuerda y el marcador así lo reflejaba. Por el contrario, Kun seguía con lo suyo. Valiente y certero, lo hacía todo bien, y provocó dos faltas en la frontal peligrosísimas. La primera no encontró portería. La segunda la tiró él. Kun. Pum. Golazo. 2-2. Cuarenta minutos de fútbol del de verdad, del que determina un partido. Es la Champions, que examina a todos y en la que sólo pasan los mejores.
Lo bueno si es breve, dos veces bueno. Es lo que deben pensar los ilícitos dueños que poseen y dirigen el Atlético de Madrid. Los buenos resultados que desempeñó el equipo a las órdenes de Abel Resino en los últimos tres meses y medio de la temporada pasada, no fueron suficiente aval para consolidar el trabajo del que fuera uno de los mejores guardametas de la historia rojiblanca. La dirección técnica no respondió con más trabajo, tan solo con su discurso amparado en abstractos conceptos de irresponsabilidad. Si la plantilla tiene cinco defectos y dos grandes virtudes, poner remedio a ello durante el verano es lo más coherente, si tu objetivo es ser más de lo que eres, que no está tan claro que sea ése su interés. Cosa que por supuesto, no se ha hecho.
El Atlético de Madrid tiene un problema de identidad y gestión. No está bien gestionado porque no se tienen ideas claras ni personalidades con afán de conseguirlo. Se toman decisiones sin tener claro qué objetivo tienen cada una de ellas. No hay una causa principal y mayor que relacione todos los acontecimientos que se producen. Cada decisión debe rendir cuentas a una idea global. Por ello, esta entidad no dispone de viabilidad económica ni deportiva. Es un club que sobrevive de otro tiempo y otra época, donde tenía una idea basada en un sentimiento reconocible y unas consecuencias coherentes y comunes. Está viejo, cansado y sin ganas de ser lo que fue.
El fútbol ha cambiado. Los recursos son diferentes, mucho más numerosos y de una dimensión enorme en repercusión y variabilidad. El modelo de gestión tiene que ser extraordinariamente sólido e inconfundible a día de hoy y que sea reconocible por todos los aficionados. Si se parte en inferioridad, un buen gestor deberá adaptarse al medio y ver cómo disminuir las necesidades y potenciar las virtudes. Cuando esta transformación se llevó a cabo, el Atlético se quedó en un punto donde debía tomar un camino hasta las últimas consecuencias, y más con la historia que le delata y las expectativas que genera. Con esa masa social y con uno de los presupuestos más grandes de la Liga española, asistimos a una indiferencia palpable en el modelo deportivo y económico, con constantes cambios de rumbo sin finalidad y con compañeros de viaje que han afianzado su propuesta (Sevilla, Villarreal, Valencia). Esto ha derivado con el paso del tiempo en una situación realmente alarmante. La deuda es cuantiosa y el rendimiento deportivo no tiene salida aparente, a una media de entrenador por año y una sequía de títulos asombrosa, estando siempre en boga algún discurso al que quiere agarrarse la directiva (la mala suerte – el pupas -, la intervención judicial, las distancias entre Barcelona, Real Madrid y el resto…). Pero es numéricamente demostrable que todo ello es una clara evasión de responsabilidad y una confusión de lo que significan las palabras víctimas y culpables.
Así, a octubre de 2009, llega otro entrenador al banquillo rojiblanco. Una decisión que se repite con relativa frecuencia (todos sabemos que es la única forma que tienen los ilegítimos dueños de demostrar cómo se solucionan las cosas; y que los entrenadores tienen una fecha de caducidad prácticamente anual, fruto de la temporalidad y la inexistente identidad que debería regir los hechos que se producen). Esta vez, el encargado de reconducir la situación deportiva de la entidad es Quique Sánchez Flores, joven pero con cierta experiencia. Ex - jugador de Valencia y Real Madrid, ex - entrenador de Getafe, Valencia y Benfica. Conoce la Liga, los ambientes, los árbitros, los rivales y el entorno.
Quique es un tipo muy cualificado desde el punto de vista psicológico. Tiene una personalidad reconocible, unidireccional y maneja las situaciones que afectan al grupo desde fuera y sobre todo desde dentro. Su pensamiento es inequívoco, y su discurso rebosa fidelidad a sus principios futbolísticos y personales. Es firme en sus decisiones y particularmente metódico. Su figura se resume en que se puede decir más alto pero no más claro. Dentro de su diplomacia, su opinión es trasladada con convicción (su verdadero objetivo, convencer). El entorno le tiene clasificado, al menos así se percibe y soy de esa opinión, como un entrenador de campo, no tanto de vestuario, sin ser una debilidad ni mucho menos en esto último. Quique es un amante del detalle y de la corrección, y valora la mecanización de ideas. El futbolista y el colectivo deben ejecutar y no pensar, y que sólo el talento de sus futbolistas añada imprevisibilidad en el campo. Tiene gusto por la táctica; la pizarra es siempre causa. Y lo demás viene relacionado en base al rigor del jugador y su función en el planteamiento: mentalización, optimización de los recursos de la plantilla, trabajo diario…). Es culto y convincente y no dejará al azar la posibilidad de encauzar personalidades difíciles a favor del colectivo y siempre, con resultado y rendimiento en el campo.
Tiene amplios conocimientos y soluciones tácticas para los días de partido y maneja sus recursos que le ofrece el plantel en función del rival (no tiene fijación por los nombres ni por los números, si el equipo necesita de la especialidad de algún futbolista que suponga una solución frente a una virtud rival; echará mano de ella). Su disposición es inquebrantable y quiere que cuantos menos detalles se escapen mejor. Además exprime al máximo acciones donde el juego y los niveles de los dos equipos puedan dejarse a un lado, enfatizando en el balón parado y la estrategia, donde las fuerzas se igualan y los partidos pueden ponerse de cara, facilitando el estado de ánimo de afición y futbolistas). Son virtudes de las que el Atlético carece de manera exagerada, viviendo de la genialidad de sus hombres de ataque, y sin tener referencias futbolísticas e ideológicas en las que apoyarse con seguridad, sobre todo en el Vicente Calderón. La plantilla es corta, desequilibrada y con los ánimos en la reserva, y sin suficiente calidad para imponer una competencia para tres competiciones. Quique viene para solucionar lo que ocurre cuando el balón echa a rodar, pero será una víctima más de una situación que no tiene más culpables que los que manejan los caminos de un club legendario. Si Don Vicente levantara la cabeza… sólo vería La Peineta.
Con los cuatro grandes de 2009 ya disputados y la Masters Cup en el horizonte, esperando a que sus integrantes apuren sus opciones de jugarla, siempre estimula repasar a quienes hicieron del tenis una de las historias más grandes jamás contadas.
¿Quién fue Pete Sampras? ¿Cómo jugaba? ¿Cómo ganaba? ¿Cómo competía? Intentaremos acercarnos a la figura más importante del tenis americano moderno, y uno de los jugadores más prolíficos en coleccionar torneo tras torneo; poseedor de récords y virtudes difíciles de igualar.
Cuando observamos la juventud con la que irrumpió el protagonista de este artículo, nos llama poderosamente la atención la temprana costumbre de ganar que le acompañó desde los inicios. Es decir, Sampras fue muy precoz. No aprendió a competir, ni necesitó quemar etapas. De origen griego, este recolector de títulos, nació entre laureles, su estado natural. Llegó y venció, sin ver qué necesitaba para reinar.
Es un punto de partida que rompe los esquemas clásicos del deporte de élite, que advierte una atención y un mérito al que Sampras siguió distinguiéndose de casos a los que la precocidad confundió, dando una continuidad extraordinariamente longeva a su palmarés.
Los inicios. Formación y estructura de juego. Bases técnicas.
Hay un aspecto que resume y ofrece una visión incontestable del tipo de jugador que fue Sampras. El primer Sampras, el que irrumpe a finales de los 80 es prácticamente el mismo que el que se retira en 2003. Sus movimientos, su carácter, su interpretación del juego. Un tenista sin duda ninguna íntegro, esencial, fiel.
La base de sus éxitos, la clave de su ininterrumpida relación con la victoria, la principal arma y objeto de reverencia de su repertorio no es otra que el golpe iniciático, primario y ante toda circunstancia más ventajoso de este deporte: el servicio.
A raíz de su aptitud inigualada hasta la fecha en este golpe, su formación se encaminó a traducir la ventaja que producía su marca patentada. Atendiendo a la sinergia que establecen todos los elementos cruciales en su estrecha relación (físico, táctica, mentalidad, inteligencia, técnica; todo se relaciona y se potencia a la vez), el saque es la causa primordial. Su talento natural para este golpe era evidente en su adolescencia, cuando su cuerpo iba tomando forma de un prototipo cuasi robótico. Morfología corporal de rendimiento galáctico, inhumano. Su mecánica al servicio es tecnología de vanguardia; tres movimientos secuenciales, aprovechamiento máximo del resorte, y una finalización vandálica, repleta de una fuerza cinética sin parangón.
Máximo exponente de la escuela norteamericana, presentó todo lo necesario para lograr cosas importantes en pistas rápidas. Su entrenamiento y formación se basó en la repetición, en la mecanización de ideas, en la importancia del juego modificado (situaciones donde no hay segundo servicio, o donde cabía la posibilidad de una tercera oportunidad de saque; variaciones sin ventaja tras Deuce, etc, etc, etc…) que posibilitaba la interiorización de situaciones comprometidas, a modo de salvoconducto (modelo que seguían multitud de tenistas y que se lleva implantando en todo el mundo desde hace años y años pero que Sampras agradeció como el que más). Circunstancias que son evidentes en su etapa como profesional, donde todo lo que el americano llevaba a cabo era fruto de una metodología pormenorizada, alejada de la improvisación que se tornaría necesaria para las grandes batallas y de la que Sampras hizo gala en infinidad de ocasiones para regocijo del respetable. Lo que se denomina, el genio.
Destacable siempre es la base técnica. Sampras ha sido junto a McEnroe o Connors, uno de los tenistas con la empuñadura más cerrada. No podía adoptar determinados movimientos, teniendo a los ligamentos frenados. Su muñeca respondía siempre a movimientos y recorridos cortos, para profundizar o para abrir ángulos. La diferencia más palpable a simple vista es que la empuñadura abierta muestra sin tapujos toda la parte posterior de la muñeca, y la cerrada oculta la misma, perdiendo elasticidad.
Consecuencia de ello están sus golpes de campo, cuya principal característica era la peligrosidad y agresividad que tanto daño hacen en pista rápida. Planísimo de revés y de derecha. La preparación se basaba en una idea: atacar. Acortar los puntos, correr mucho hacia delante, rumbo siempre fijo, repleto de combos. Y la mayoría de esos combos eran protagonizados en su finalización por el otro gran argumento con el que Sampras consumía puntos en la red. La volea y su aproximación. Unido todo a su implacable saque, casi como un pick n´roll, copiaba con meticulosa exactitud punto tras punto con primer servicio: bola en juego, salida prácticamente lanzada en pasos medidos y postura para terminar en la red.
Como icono que fue dejó cantidad de símbolos para reconocerle, ninguno como esa coreografía. Una vez en la red, dominaba todos los aspectos técnicos y plásticos; sabía acomodar la muñeca para impactar y el cuerpo para recepcionar. Si maravilloso era su frenado o stop-volley siempre fue el maestro de la volea larga, jugando con los sentidos de la pelota y del oponente; conocía las distancias y era de una fiabilidad en su ejecución que no paraba de arrancar asombros. Una vez resuelto el punto, daba media vuelta, 15 segundos y de nuevo a marcarse su particular cha-cha-cha. Impasible, infranqueable en su espíritu de sometimiento, erguido, dispuesto y directo.
El genio
Sin embargo, esta predecible propuesta (conocida por todos; contrarrestada por escasísimos jugadores) tuvo su reverso (y casi más predecible porque se hartó de dar solución a situaciones donde su esquema básico resultaba condicionado por un mal día en lo físico o en la pura inspiración) en aquello con lo que el estadounidense se ganó a los más extraños con él y enloqueció a los que le eran propios. Al público siempre le gustó ver a un Sampras fuera de sus hechuras, saliéndose del camino, obligado por las circunstancias, bajado a la arena o jugando a la ruleta rusa. Verle desde el fondo aguantarle un peloteo a Agassi sin necesidad del transportador de ángulos, pegándole limpio, con autoridad, o resolver multitud de Tie Breaks ante Rafter o Courier a un órdago, con un passing sin apoyos, imprimiendo un golpe más duro al rival que el propio derechazo. Confirmaba que además de ganar, era el que mejor competía, una ecuación que dio con un dominio incontestable y duradero; dónde Sampras se ganó su lugar en la historia (su partido ante Corretja con vómitos o su último Grand Slam ganado donde ya no se le esperaba).
Esa faceta que ahora es posible denominar como momentos youtube, o flashazos épicos cuando el abismo mediaba, marcaron todavía más su personalidad. No era especialmente impresionable ni se desbordaba con gestos o acicates hacia el público (además, su distante actitud y presencia en pista era una de las razones por las que sufría numerosos tirones de orejas), pero los que dejó siempre fueron en momentos cruciales (muchas veces al amparo de su público; como las semifinales del US Open 98 ante Rafter, donde en el Tie Break del primer set se desata con tres golpes sensacionales y se echa casi en términos literales a la grada). Para sentenciar esta circunstancia, Sampras siempre tenía en la recámara golpes extra para los Grand Slam, donde las laderas son más altas, el eco es más grande y los precipicios más elevados, y su repertorio de restos y de winners a la carrera fueron más numerosos y decisivos.
La tierra es para plantar patatas
La frase siempre me hizo gracia, y al amigo Pete pareció (en algunas ocasiones más que en otras) estar de acuerdo con ella (su autor fue… sí. McEnroe). Su relación con la arcilla fue bastante mala. No supo desligarse de las críticas que le persiguieron y le siguen recordando dónde ha tenido su punto más débil. Era la antítesis más evidente de la tierra batida. Sampras era corto donde debía ser largo, súbito donde debía ser paciente, vertical en vez de prudente, veloz en lugar de pesado (su spin era su gran hándicap en tierra). Sus carencias eran agonías y sus virtudes no admitidas. Sus códigos no eran válidos, y nunca supo adaptarse. El contexto y sus raíces eran líneas perfectamente paralelas, jamás se cruzaron. El reto era tan sumamente grande y adverso a sus características que su amor propio, su espíritu competitivo y una puntual y enorme inspiración no llegaron a ser suficientes. Sus palabras eran todas rebatidas, sin derecho a veto.
Tampoco nos podemos engañar. Nunca entró en las quinielas y no le fue la vida en ello ni su rendimiento sufrió una pizca cuando caía eliminado. Tuvo momentos de feeling pero no llegó a a ser visto como el sueño de una noche de verano ni como la empresa en la que se convirtieron los otros tres grandes del año (omitiré comentar nada sobre su magnetismo y dominio en Londres, no hace ni falta). Su figura no pierde sentido por su relación con París, aunque es suficiente motivo para entrar en comparación con el que pueda entrar a compararse, verdadero motivo para entender a Pistol Pete, ante el cual un reducidísimo grupo de tenistas puede estar a su altura.
No nos podemos quejar. El tenis masculino goza hoy día de buena salud. El nuevo siglo no le sentó de la mejor manera posible al circuito ATP, visto con la ventaja del que vivió ese primer lustro y está viviendo el segundo. Puede ser cuestión de gustos y de afinidades, pero el último grande del 2009 evidencia lecturas para afianzar con firmeza que estamos ante una etapa de tenistas grandes (unos más que otros). Si a esto le añadimos la circunstancia de ser el US Open el torneo que acabamos de disfrutar, se acentúa la sensación de poder presenciar un nivel de competitividad muy grande, siendo la pista dura la superficie donde más a gusto se encuentran el máximo número de favoritos, sorpresas y revelaciones.
En los meses de mayo y junio, la tierra parisina y la hierba londinense aumentan las distancias sobre las posibilidades de incluir nombres en la nómina de favoritos. No ocurre así en el Abierto de los Estados Unidos. Ni siquiera el tenista del top-ten con menos condiciones previas para el Decoturf neoyorquino como es Rafa Nadal pierde posibilidades en las apuestas, fruto de su capacidad para igualar las condiciones técnicas y físicas cuando se pisa la pista y avanzan las rondas.
Metidos en la primera semana, el torneo iba dejando claro quién estaba preparado para llegar con más o menos opciones a la segunda semana y se cobraba dos víctimas algo prematuras. La primera, uno de los grandes favoritos, Andy Murray. El escocés encontró ante sí el tenis más factible para ocasionarle problemas: juego rápido, corto en duración, largo en profundidad y determinante a la hora de la verdad. Tenis peligroso el de Marin Cilic, aderezado con dosis de templanza y valentía, de la que carece el propio Murray, necesaria para dejar en un segundo plano sus consistentes y rocosas virtudes. Ha conseguido establecerse y consolidarse como un top del circuito, lograr resultados en todas las superficies y afianzar una regularidad aprobada por todos siendo su cometido, pero no encuentra la agresividad necesaria para elevar su juego y ganar dando dos pasos más. Ha conseguido jugar a un nivel de 7´5 durante todo un año pero cuando debe ganarse uno el prestigio y el nombre, hay que competir pasado el 8, porque a ese nivel en momentos puntuales pueden jugar muchos jugadores del top-20. Ahí están los casos de Cilic, Roddick, González o Verdasco, los verdugos que le han apeado en los cuatro grandes.
La otra víctima, Jo-Wilfried Tsonga. Menos sorpresiva su derrota, teniendo enfrente a un tenista peleón, duro, imprevisible y sobre todo incómodo, el chileno de La Reina. Esperamos una progresión más continuada del francés, en consistencia y en calidad. Potencial tiene mucho.
En cuartos, los favoritos no fallaron. Los invitados se echaron las manos atrás y esperaron su turno de réplica en las cuatro veladas que deparó la antepenúltima ronda. Federer revolucionó la Arthur Ashe ante el sumiso Soderling. Cualquiera diría que es suizo y no sueco. El tenis del helvético fue espectacular. No hay palabra que defina su manera de desarrollar el tenis en los dos primeros sets. Simplemente Roger Federer. Después le esperaba un irregular Novak Djokovic que esperó a que Verdasco tuviese sus dudas para ir pescando parciales. Primera semifinal en la que Federer subió el listón acorde a las expectativas. Penúltima ronda y un rival superior al gigantón escandinavo. Metió la sexta marcha que sólo los elegidos del deporte disponen. Tras tres sets de intercambios con una precisión y velocidad sensacionales, Federer acudió a los vestigios decisivos con la determinación de un pokerplayer. Con buenas cartas es inalcanzable, domina todas las situaciones y compite en las alturas de los dioses, y si el de enfrente tiene mejor mano, tocará tirarse algún farol del repertorio como esa maniobra bajo piernas que le proporcionaba tres bolas de partido y tener a 24.000 personas a sus pies, rememorando la idílica afiliación con uno de los niños bonitos de Flushing Meadows,Pistol Sampras.
Por el otro lado, Del Potro paró al croata Cilic, acreditando candidatura. El argentino iba a más, y su carácter se iba encontrando más a gusto cuanto más avanzaba el torneo. El último emparejamiento fue solventado por un reseteadoNadal que vio como los caprichos de las nubes hicieron posponer su compromiso ante González. Al momento de la reanudación un serio y muy seguro tenista español encarrilaba el partido para certificar su superioridad al día siguiente.
El guión iba tachando claves (a excepción de la sorprendente ausencia de Murray en las últimas rondas) y la segunda semifinal fue por todos inesperada en un porcentaje elevado, por el resultado y las formas. Del Potro se desbocó, arrolló al español y no dio opción en prácticamente ningún momento. Se hizo dueño de la iniciativa, en él no tuvo efecto el ritmo que Nadal impone en sus devoluciones e impusó un altísimo porcentaje de acierto y una potencia prácticamente incontestable. Nadal estaba rápido en las salidas, pero no tenía respuesta ni reacción para conseguir un contexto donde a Del Potro le pesará la responsabilidad del momento. Rafa buscaba el punto de inflexión, pero en lo más comprometido de la batalla, el argentino arriesgó sin fisuras y mantenía intocables sus opciones de victoria y su dominio en pista. No llegó el vértice sobre el que revertir el panorama y Del Potro infligió una derrota realmente abultada a un Nadal en fase de rodaje, sin ser excusa para el extraordinario nivel del joven tenista sudamericano.
Debido a los parones por la lluvia la final se disputó en lunes, y como respuesta a esta singularidad, sobrevino una final realmente excepcional. Federer arrancó con la inercia de todo el torneo y en especial de las dos últimas rondas. Set arriba y break a favor en el segundo que intuía un paseo similar a la final de 2008. Era demasiado especial y propicia la oportunidad para que el argentino se marchara sin mediar palabra. Su nivel estaba a la altura de un campeón pero necesitaba creérselo y sacar su espíritu de pura sangre, el que le reportará éxitos futuros. Como un héroe dañado en su orgullo, Del Potro pasó de dominar muchos puntos, a ganar unos pocos, los más importantes, para mantenerse en el partido y someter a Federer a una situación super exigente. En los Tie Breaks, los papeles parecían haberse cambiado, pasando Federer a dudar, a decidir mal, y a verse limitado por su paupérrimo porcentaje de primeros servicios durante todo el partido, y tomando el protagonismo la capacidad de concreción por parte del tenista de Tandil, que a base de determinación con el saque forzó un quinto set que dejó a las claras que tocaba sprintar a meta y abrir la brecha definitiva. Del Potro mostró argumentos a todos los niveles, se cubría con su derecha sólo para buscar el winner, su equilibrio en ambos golpes es magnífico, con un revés de rendimiento fulminante para acelerar e imperial para profundizar en los intercambios de tanteo; teniendo a su certero y efectivo saque como apoyo clave en los momentos más decisivos. Fue agresivo durante las más de cuatro horas de encuentro y anuló a uno de las mejores versiones de Federer de los últimos dos-tres años. En el horizonte sólo se vislumbra disfrute y esperanza.
Rafa Nadal ha vuelto. Subsanados sus problemas en las rótulas de ambas rodillas el ex – número 1 vuelve con un margen para el recorrido y el engranaje (cuartos de final en Canadá y semifinales en Cincinnati) con la misión de competir de tú a tú a los cinco o seis tenistas que pelearán por el último grande la temporada 2009.
Suspicacias extraoficiales a un lado, Nadal es necesario. Su carácter voluntarista y su identidad competitiva aportan un sentido diferente al circuito y su ausencia de los grandes torneos (como ocurrió en Wimbledon) evidencia un extraño componente de vacío, de incompleta competitividad y de continuo debate.
Es parte de una rivalidad de perpetuo deseo para todos los aficionados y su estilo único (por diferente), asimétrico y desequilibrante y talentoso, proporciona un valor añadido a la victoria y asegura en todos sus oponentes un extra de motivación. Resulta todo esto evidente cuando una leyenda de la raqueta no es participe por un tiempo de las grandes batallas pero como ocurría con Andre Agassi, da la impresión que el sentimiento de comunión y empatía con el entorno le confiere una responsabilidad mayor. Es el factor X.
El US Open no es para Nadal el mejor escenario posible para afrontar con mayor o menor éxito un retorno a las pistas tras un periodo de inactividad y más concretamente con sus problemas en los tendones. Su patentado juego de ritmo, desgaste y contraataque y sus frecuentes desplazamientos horizontales no encuentran excesivo acomodo para iniciar la vuelta a la competición casi desde cero. La agresividad en los apoyos que se producen en pistas duras supone para Nadal un importante e incómodo contratiempo cuando viene sin demasiado ritmo competitivo, siendo un mal menor cuando está rodado.
Tampoco sus automatismos físicos y técnicos son los más idóneos o clásicos para desempeñar un juego acorde a esta superficie. Con el paso de las ediciones en las que Nadal ha ido formando parte en Nueva York, ligeros cambios de aptitud han ido incrementando poco a poco sus posibilidades (regularidad en el saque y variación de las direcciones en primeros servicios, y su revés cruzado en momentos importantes), pero no es suficiente. La actitud es clave. Problemas de iniciativa y de profundidad, ocasionados por devolver desde muy atrás le ocasionan un desgaste físico y psicológico contraproducente.
Hasta ahora su estilo le ha dado resultados extraordinarios pero mecanizar algunas jugadas podría llevarle a una victoria que sería absolutamente histórica. Nadal vive en esta pista de la inspiración y de conectar con la pelota para ganar con argumentos más sólidos y liberadores. Tal y como sucedió en Australia, pisar la línea es clave y resultaría fundamental tener la red como horizonte y no como frontera; no así las esquinas de la pista. Intentar ser más vertical, al menos mostrarse más presente puesto que el juego de media pista cercano a la red es de rendimiento dudoso y Rafa no controla tantas variantes para mezclar situaciones donde no está a gusto; pero sí puede ajustar las líneas con más continuidad, metido en pista. Decía Bolletieri, el incombustible mecenas del cemento: pégale a la pelota, que corra ella y no tú.
En estas circunstancias, Nadal estará ahí. Su intimidación y su afinación física serán clave para rendir en rondas finales.
Por el camino, tenistas muy bien aclimatados, potentes, directos y estables. Federer buscará su sexto triunfo consecutivo en Nueva York; Murray su primer grande tras su victoria en Canadá y sus semifinales en Cincy; Del Potro, Djokovic, Tsonga. Y también rivales de menor entidad pero de indudable peligro como González, Karlovic, Verdasco o Berdych.Tras esto esperan dos Masters Series en pista cubierta (París y Shanghai) y la Masters Cup de Londres. Tres torneos importantes, poco propicios para sus características pero que nunca ha conquistado y que sumado al US Open suponen retos motivantes para Mr. X. Gane uno, cuatro o ninguno, la lectura tiene su lado positivo. Nadal está de vuelta.
El verano ha cambiado muchas cosas. Tras el triplete primaveral los planes han girado 180º. Esa palabra, triplete, ha supuesto un antes y un después, y ha posibilitado un nuevo rumbo en el fútbol español y europeo. Ha desencadenado la llegada del mecenas, el Ratoncito Peréz. Y con él, ilusión simbolizada en nombres, goles, trofeos individuales y fútbol. La idea era hacer ruido, llamar la atención, girar cabezas y situar al Real Madrid en igualdad de condiciones.
Ratón Pérez monopolizó el mes de junio y parte de julio, focalizando la atención del entorno, y transformándolo. El tiempo y el espacio perdido parecía recuperado fugazmente, consiguiendo además renovar los aires en la Castellana. Son demasiados argumentos para dudar. Un tridente de primer nivel mundial. Posibilidades infinitas: físico, técnica, gol, mentalidad, horas de vuelo acumuladas. En cualquier sentido, el viaje que se ha perfilado en tan poco tiempo en forma de proyecto, promete.
El Real Madrid recupera su poder intimidatorio, la velocidad necesaria para veladas tan exigentes como unos octavos de Champions (cinco temporadas sin superarlos), determinación en cualquier circunstancia en campo enemigo. Ha elegido el camino más corto, que no el más fácil, pues el techo que se imponen no es costumbre o no ha sido así con relativa asiduidad. Ganar, bien, y con los mejores. Pellegrini, Kaka, Benzema y… Cristiano Ronaldo. El último balón de oro. La piedra angular. El futbolista que está llamado a marcar el ritmo del equipo, del proyecto y del rival. No admite dudas. Física, técnica y mentalmente es extraordinario, condiciones impecables e innumerables condicionantes tan visibles como determinantes.
Parte de culpa, mucha… ¿toda? la tiene Guardiola y su cuadrilla, si bien la mejor temporada de su historia no significa nada. La temporalidad es razón sine qua non en este deporte, que no se detiene. Mientras el Real Madrid aceleraba por comenzar una nueva guerra, en Barcelona aún tenían apagados sus radares. Con acontecimientos tan sonados y continuados, la planificación azulgrana se tomaba todo con más tranquilidad. Si en Madrid las horas eran segundos, en Barcelona los segundos eran horas. Los resultados y los halagos de todo el fútbol europeo invitaban a sonreír y disfrutar. La lección futbolística de Roma que situó a este equipo en una de las páginas más brillantes de la hemeroteca balompédica, ocasionó un precedente del que nos acordaremos siempre. Y es que a modo de señales de humo, los mensajes que de un modo u otro se han enviado Madrid y BarÇa han significado respuestas significativas en ambos bandos.
El Barcelona tras conseguir la Copa de Europa, sintió como surgía el interrogante acerca de la situación de Samuel Eto´o. Y por exigencias del guión, tocaba poner punto y final. Así lo decidió la dirección deportiva siendo Pep la voz principal de tan complicada operación. Y es que la situación contractual de Eto´o era difícil. En último año de contrato, los grandes clubes europeos no descolgaban el teléfono y las prisas se dejaban ver como compañeras de travesía. De la noche a la mañana, y recogiendo el testigo de los esquemas trazados por su eterno rival, la situación del camerunés mutó. Laporta ofrecía una gran cantidad de dinero y el traspaso de Samuel a cambio del máximo goleador del Calcio, el sueco Zlatan Ibrahimovic. Mucho papel, muchos intereses que debían ser equilibrados y mucha expectación. Se terminaba una etapa gloriosa, bacheada, de amor y odio, muchos goles, muchos títulos y una huella perpetua.
El Barcelona cambiaba muchas cosas. Perdía cosas seguras, demostradas, pero ganaba la sensación de responder, de elevar aún más su estatus. De potenciar a un nivel mayor las cualidades de un conjunto que individual y colectivamente parece no tener techo. Y con la llegada de Ibrahimovic, el margen se amplía. A priori, la maquinaria azulgrana equilibra su propuesta, perdiendo cifras y olfato por fútbol, estética y reparto de tareas para intentar llegar y suerar lo alcanzado hasta el momento por las cotas de Eto´o que son mayúsculas.
Se intenta perder un final, para ganar un inicio y un final distinto. Eto´o era el nervio y la espera (que no el temple); su talento era principalmente dominar el zarpazo en una zona concreta, el área. Tener una misión, oler el balón y rematarlo. Explosivo, letal en el corto alcance, sus cifras son monstruosas y siempre con poco recorrido. Su hábitat era reducido pero en él era determinante y regular.
Zlatan viene con registros numéricos más discretos, pero inagotables en cuanto a índole futbolística. Amplia su radio de influencia, y es una amenaza en cualquier zona del campo enemigo. Es otro camino sobre el que cimentar las ideas de Pep y su arsenal. Zlatan lleva de serie el dominio del balón de espaldas al arco y es un obelisco sobre el que montar ataques sin descanso. Dará más velocidad y continuidad a la pelota, un apoyo práctico e idealista al talentoso y culto fútbol de Iniesta y Xavi, y será una órbita más sobre el que gire el propio equipo, la pelota y los partidos.
El Nou Camp cambia a un francotirador incansable, a un trabajador de rendimiento infalible, por un (añadido) general de infantería, un ideador. Un artesano por un artista.
En definitiva se abre una etapa de una autoexigencia en ambos bandos admirable, seguramente sinérgica y de ambición máxima. Y en el horizonte un lugar y una fecha. Estadio Santiago Bernabéu. Mes de Mayo.
Hay una expresión en castellano que gusta decir cuando hay que referirse a ello. Es parte de la retórica de nuestro idioma. Selecto club. En realidad no lo es, pero le hemos dado el valor de pleonasmo por los siglos de los siglos. Y damos uso a la expresión en múltiples contextos. Les voy a hablar de uno de los millones de selectos clubes que se supone hay en el mundo a tenor de la cantidad de voces que dicen conocer uno; con la salvedad de que este sí, es un selecto club, uno de los de verdad, nada de los falsos y cacareados que decía anteriormente.
Ayer, 5 de julio de 2009, se clausuró una nueva edición de Wimbledon. Y se entregaron sus correspondientes premios. El finalista, Andy Roddick, recogió su trofeo de subcampeón con su típica gorra, con la visera hacia atrás. Roddick con gorra, otro pleonasmo (se le perdona por las circunstancias del perdedor, pero recoger su premio de manos del Duque de Kent con la gorra al revés no es, desde luego, la altura en la que hay que situarse en ese tiempo y en ese espacio).
A continuación, Roger Federer hacía lo propio, presa del markéting, con su chaqueta conmemorativa de los 15 majors que atesora su palmarés. Y la realización relaciona el tiempo, deteniéndose en algunas caras conocidas. Presidiendo la central, Pete Sampras; en la misma fila, a escasos asientos contiguos, Bjorn Borg. A su lado, el australiano Rod Laver, y finalmente en una de las cabinas de comentaristas, con su micrófono personal, retransmitiendo como cada año el torneo para alguna cadena norteamericana, el irreverente John McEnroe. Qué casualidad, cuantas leyendas se han dejado caer en el día de hoy, pensaban los aficionados. Pues no, esto no es una casualidad. Ayer se oficializó, en una especie de maniobra espiritual, la acogida del suizo Federer en el selecto club de las leyendas máximas del tenis masculino. De una forma u otra, entre grada, pista y cabinas periodísticas los títulos de Grand Slam retumbaban cada vez que entre punto y punto la cámara se hacía eco de la imponencia de la talla de estos individuos. Las gafas de sol de Laver o Sampras, la grisácea melena de Borg, la esbelta figura de Big Mac, o la derecha invertida de Federer. 58 Grand Slam. Sí, esto es Wimbledon, y ayer más que nunca el Olimpo del té.
Uno protagonizando y el resto observando una final realmente sorprendente. Una final con dos precedentes. 2004 y 2005. Ambas finales donde Federer salió victorioso. Y un 18-2 en enfrentamientos particulares. A favor del suizo, of course. Pocos aventuraban algo de lo que ocurrió justo ayer, si bien el norteamericano volvía a tener una nueva oportunidad, y nada, absolutamente nada que perder. Si acaso la honra o la vergüenza.
Roddick era el invitado, el huésped, el menester que da sentido a un partido de tenis. Todo lo que fuera más allá de esas circunstancias serían pellizcos de mérito, y visto el desarrollo del partido, finalmente fue la consecución del respeto y la reverencia del público más preparado y poderoso del circuito ATP. Y oye, no es poco. Cinco sets, 30 juegos en el quinto, dos roturas al servicio del mejor sacador del momento… y una lección estratégica en casi todas las fases del encuentro. Roddick, adalid del progreso y de la superación, aprendió enseñando una lección más. La valentía.
Su entrenador, el estadounidense Larry Stefanki, hacía referencia a las posibilidades del escocés Andy Murray de cara al futuro, dando una clave de la que ayer hizo gala su pupilo, el otro Andy. Actitud, disposición ofensiva, agresividad, posicionamiento en el territorio. Caminar siempre hacía delante. Descripciones y argumentos tenísticos que quedan de lujo en negro sobre blanco, pero que suponen un valor supremo cuando pasan a ser un hecho. Si el contexto no es otro que tener al mejor jugador del mundo delante y en una superficie como la hierba (la de Londres), todo toma una importancia descomunal.
Roddick fue un vendaval, un estratega, un Julio César a la postre sin laureles, pero de aplicación asombrosa. Logró establecer una franja de seguridad alrededor de la línea de fondo de tal consistencia que permitió ver a un Federer pisando la arena que caracteriza a ese metro más allá de la línea, empujado por las tropas americanas que no cedían ni un centímetro. Stefanki observaba atónito y alegre, como su entrenado se agarraba al partido por imposición, caminando siempre hacia delante. Todo un ejemplo de un jugador de un perfil y talento sumamente menor al de su oponente. Era tal la convicción de sus virtudes que por momentos todos los acelerones de su rival, eran contrarrestados como si tuviese la pared de una pista de paddle apoyándole. Una lección de tenis que no es demasiado evidente si solo observamos el talento en los golpes y el ajuste de las líneas.
Federer era dominado, tuteado. Una sorpresa que alegró a propios y extraños. La esposa de Roger tenía que escuchar continuas expresiones de celebración a sus espaldas. Roddick estaba y se sentía en la central. Se estaba ganando la ovación de EL público. Qué hermosa final. Un desarrollo realmente pugílistico, donde hubo más argumentos en los pies y en los posicionamientos que en las muñecas… . Quién nos iba a decir y el propio Federer preguntarse que fuese posible ver a un Roddick con un 50% de primeros servicios en los dos últimos sets, y ser superior en situaciones de juego. Otro punto a favor del estadounidense.
El suizo apeló a su servicio (50 saques directos) y a su grandeza para resolver, porque los más grandes juegan muchas veces, pero ganan siempre. Y resuelven. Conoce demasiado bien los códigos de Wimbledon para que un tenista al que ha masacrado sin remordimiento alguno fuese verdugo en la final de su torneo. Sin posibilidad de romper el servicio del americano, decidió hacer break para llevarse el torneo. Todo volvía a la normalidad, y es que el bueno de Roddick fue tan osado y conocedor del terreno como empequeñecido y frágil para rematar a su rival. Federer volvió a gritar y cuando vuelva a Londres el próximo año, tocará tomarse el te de los seis (que no de las cinco). Un té verde, obviously.
No existe ninguna realidad que resuma y represente mejor al tenis que el mejor torneo del mundo. Este deporte se ve reflejado en prácticamente la totalidad de los aspectos más significativos. Tradición, distinción, prestigio, espectáculo, leyenda, dominio, eternidad…
La historia de este torneo la escriben, indudablemente, las grandes leyendas que han coronado la cima. Los nombres más grandes han demostrado su talento en la hierba de Londres. Quien más quien menos (excepciones de peso como Lendl o Wilander) ha dejado para la eternidad su figura. Laver, Ashe, Connors, Borg, McEnroe, Becker, Edberg, Sampras, Agassi, Federer, Nadal… Una colección que rinde pleitesía a la Central.
Los últimos 50 años del torneo británico radiografían el constante progreso y globalización del tenis en general. Si en sus primeros 30 años los británicos dominaban, la aparición de los franceses Cochet y Lacoste y el americano Bill Tilden, inyectó variedad geográfica y cierta repercusión a mayor escala.
A partir de los 50 y sobre todo en los años 60 la dualidad se apodera del All England Club. EEUU toma la palabra y a continuación recoge el testigo la mayor dinastía que se recuerda. Wimbledon pareció trasladarse espacialmente a las antípodas australianas. Una década de dominio absoluto de los aussies. Una generación de tenistas irrepetible. Si bien la era Open no echó a andar hasta 1968, la tiranía era feroz. Apunten: Laver (incluyendo seis años sin jugar Grand Slams), Roche, Newcombe, Emerson, Rosewall, Stolle. Todos estos gigantes en la misma generación. Jugaban en casa, la hierba siempre fue el terreno donde se formaban los tenistas australianos, y se tradujo en una década donde de los 10 títulos en juego, ocho fueron a parar a los kangaroos. Una época donde el tenis enfocaba su atención a la competición por países, la Copa Davis. Era tal la superioridad de yankees y aussies, que la Davis se convirtió en una rivalidad exclusiva de estos dos colosos. Fue a partir de la era Open donde el tenis se quitó las ataduras y desplegó todo su potencial.
Nadie mejor que ejemplifique esta etapa que RodLaver, campeón cuatro veces, dos en era pre-Open, y otras dos tras el 68. El bueno de Rod protagonizó una carrera tremendamente exitosa en fondo y mayúscula en la forma. Un jugador que jugaba treinta años por delante que el resto. Su juego era el de un avanzado genio que no encontraba rival ni comparación formal con nadie. Un tenista ultramoderno, de naturaleza eterna. Nadie osa compararse a él de manera vertical. Laver siempre va aparte. Es admirable el tributo que recibe de todo el entorno, y el profundo respeto que infunde su figura.
Cuando el tenis enfila 1968, su recorrido es sobrio y prolongado, con los comprensibles parones de las dos grandes guerras. Pero 1968 es la fecha de la ruptura, del punto y aparte. Amateurs y profesionales funden sus circuitos en uno y comienza la era Open. Torneos abiertos a todo tenista presente. La etapa adulta de la raqueta. Coincide con la difusión a escala mundial de los medios, y de la TV en color. Y aquí viene la época dorada de Wimbledon. Entra en un estado místico, repleto de rivalidades con el tiempo históricas, se da la mano de la emoción y el progreso y se van citando leyendas de calado histórico. Ashe, Connors, Borg, McEnroe y un largo etcétera. La difusión de los medios hace posible retransmisiones con mejor realización, cada tenista es conocido al detalle por los aficionados. Las ventas de raquetas de madera se disparan y el circo mediático de Wimbledon, el tenis y sus integrantes comienza a desplegarse.
Una década que contiene tres extraordinarios tenistas. Borg, McEnroe, Connors, probablemente sea el trío de coetáneos más famosos de todos los tiempos. Compartían finales y protagonizaban partidos de altísima intensidad, siendo el hermético jugador escandinavo el gran dominador de la década de los 70. Con una celeridad de piernas estratosférica, con desplazamientos laterales y verticales sin parangón. Su aproximación a la red era fugaz, y poseía un marcado y profundo juego de fondo.
Avanzando en el tiempo, la competencia iba siendo cada vez más dura. Tras la retirada del sueco, es Big Mac quien toma el testigo en los primeros 80 y más adelante la aparición de tres talentos maravillosos haría del circuito y sobre todo del torneo londinense, un escaparate brillantísimo.
El grafito permitía más potencia y control, y el juego y los tenistas ganaban en precisión, pero también en mayor velocidad y mejores apoyos para contrarrestar intercambios tan rápidos. Quien mejor supo adaptarse a los tiempos fue un trío de jóvenes de proyección ilimitada. La roca checa, Ivan Lendl, llegó a tres finales en la Central pero no pudo coronarse en ninguna. Fueron sin embargo las otras dos figuras las que revivieron gloriosas rivalidades de unos años antes. El alemán Boris Becker tuvo la osadía de ganar en su primera participación con 17 años, siendo este el hecho más sorprendente viendo que tampoco desmerece ser finalista siete veces en diez años, con tres títulos. Su enemigo de fatigas fue otro sueco, el elegante y rubio Stefan Edberg. Hay quien sostiene que ese trienio es lo más dorado que ha tenido Wimbledon en la era Open. Puede que estén en lo cierto.
Londres no tenía respiro. Por el mes de julio era el centro mundial del deporte. El reclamo era masificado, el prestigio del torneo era inalcanzable, inmenso. Se acercaba otra etapa importantísima, conceptualmente muy sólida. Amanecían los 90 y tecnológica y mediáticamente muchos eran los cambios. Las grandes marcas poblaban los torneos, el marketing jugaba un papel primordial, el tenis penetraba en el terreno de la imagen, instalándose para siempre con más fuerza que nunca, y los materiales y avances técnicos eran constantemente mejorados.
Wimbledon como no podía ser de otra manera, no escapó a ello y asistió a la irrupción de tenistas con un patrón de juego semejante. Grandes sacadores, con velocidades asombrosas, haciendo del saque un arma de destrucción masiva y del juego directo su carta de presentación. La pista se convirtió en un carril alargado, siendo el plano vertical el más mimado, casi en exclusiva. Una época de grandes y variados especialistas en todas las superficies. Los candidatos se multiplicaban. Desde Rafter e Ivanisevic, habiendo pasado por el mismo Becker o su compatriota Stich, el cañonero holandés Krajicek, los peligrosos outsiders europeos como Pioline o Henman y como no y representando a esta década el gran Pete Sampras, el 4x4 norteamericano.
Una envergadura digna de un búfalo y una agilidad propia de una gacela. El mayor dominador de los últimos cuarenta años. Siete títulos en siete finales. La palabra dominio pertenece a este animal. Los 90 tienen el sello de esta leyenda de la raqueta. Diez años donde no perdió un ápice de competitividad, pareciendo siempre el mismo. Mismos gestos, seriedad, mirada al horizonte, un temperamento inquebrantable. Nunca parecía evolucionar. No le hacía falta, nunca decaía su hambre. Probablemente el mejor saque de la historia moderna (ni en vidas enteras se podría alcanzar la precisión de esas secuencias corporales, era simplemente una máquina de servir) y el juego de red más completo y fiable que se recuerda. No necesitaba el último tercio de cancha, en un chispazo ya estaba esperando la devolución del rival, a metro y medio de la red. Su poder intimidatorio tuvo en jaque a todo el circuito, y su consistencia parecía innata. Tuvo en su camino dos tropiezos. Uno en 1996, tras caer en cuartos de final ante Richard Krajicek. Puramente anecdótico, aunque el impacto de la derrota fue muy sonado. Y otro en 2001, ante Roger Federer. Mucho más estructural y advenedizo. Su reinado terminó a manos del siguiente gran dominador del verde del London Lawn.
Igual estaba escrito en el destino, pero la década del nuevo siglo coincidió con la irrupción de un nuevo gran dominador. Y además de una dimensión desconocida. Si la perfección es posible en este deporte, el más cercano a ella es Roger Federer. Tiene toda la esencia del tenis en sí mismo. En la cabeza, en las piernas, en la muñeca. Es el paso más grande que ha dado el tenis y Wimbledon en términos artísticos y formales, la década de la vanguardia, reducida a un solo jugador. Si con el tiempo aparece alguna réplica, se tachará de manierista. Cincuenta años de una evolución constante, variada, con un elemento dominador por década y finales para el recuerdo. Un torneo que se acerca a una nueva edición, siempre al máximo de emoción y disfrute para todo aficionado a la raqueta. Que siga la evolución, por otros 50 años.
Empezaremos por el desenlace. Roger Federer es el campeón de Roland Garros 2009. Tras una hora y cincuenta y cinco minutos de partido, el tenista suizo ha entrado en el Olimpo. El último resto de su rival, Soderling, se quedó en la red y desencadenó la explosión de un cúmulo de sensaciones y acontecimientos. Roger se vino abajo segundos antes, cuando tras lograr bola de partido, su rostro reflejaba sollozos temblorosos que le emparentaban con el pasado, el presente y la eternidad, convirtiéndose tras el último punto en lágrimas y más lágrimas tras escuchar el himno helvético, y detenerse el tiempo en su figura. Lágrimas que le sitúan en lo más alto de la historia del tenis.
Quien se lo iba a decir. Con la sombra de Nadal castigando su deseo de coronar París, y tras meses remando sin referencia alguna, la frustración de salir derrotado año tras año por el número 1 actual, se ha convertido, en apenas días, en un gozo de dimensiones legendarias. París, su objetivo más vedado le ha otorgado la gloria mayúscula. El desazón y la tristeza que le proporcionó la Phillipe Chatrier todos estos años, le ha otorgado el papel del mejor jugador de todos los tiempos, o al menos (menudo privilegio) sentarse al lado de Rod Laver. Catorce títulos de Grand Slam y a la vez, sexto tenista en la historia que completa el Career Grand Slam (los cuatro grandes en el global de su carrera). Simplemente, impresionante.
Dos semanas donde el suizo ha jugado un tenis encogido, incluso polvoriento, pero con grandes dosis de extraordinario talento, con recursos para todo tipo de situaciones. Y sobre todo emotivo y muy expresivo. Con dificultades partido tras partido, ha ido disipando dudas a base de discontinuo juego pero intimidatorios y determinantes argumentos, a la postre.
Desde el mes de abril (Masters Series de Madrid) ha encontrado una solidez con el servicio sensacional, sacando con una precisión, variedad y velocidad magníficas. Y solventando puntos importantes con él. Pero sin lugar a dudas, Federer se va de París desplegando un manual de drops con la muñeca, confundiendo con juego largo y amenazando con juego corto, ante rivales de gran envergadura con dificultades para los desplazamientos y los movimientos tan explosivos que requiere el efectivo y preciosista yo-yo del suizo. Variar la profundidad de su brazo y atraer al contrario a la red con su muñeca, bajando el bote para desequilibrar en los desajustes que iba ocasionando. Así ha ido desgastando y solventando apuros hasta la final, donde estuvo motivadísimo, ligero, con su reconocido juego de pies, llegando con plena garantía a cada pelota, y dominando con su derecha, que le permite no sufrir ni cubrir posibles lados abiertos.
Si bien, se ha visto dominado durante varias fases en cada una de las rondas finales, ya que no se encuentra en ese punto de solidez que tenía un par de años atrás, pero los credenciales mostrados ofrecen una visión más del inagotable talento de un tenista que hoy en París ha cruzado la línea que separa la grandeza de la eternidad.
La temporada futbolística europea echó el candado ayer noche, 28 de mayo. Mirando hacia atrás, rebobinando los días, las fechas clave, parece que esto ya estaba escrito. Al espectador le queda la sensación de haber presenciado una narración con final desde el inicio. Con un solo giro de guión, el Iniestazo de Stamford. Un milagro.
Nueve meses novelescos, estructurados por entregas. Paso a paso. El autor de esta obra lo tenía en la cabeza desde octubre. El texto ya estaba completo. Tenía a los protagonistas, los secundarios, el contexto, la ambientación, las localizaciones. Todo. Era cuestión de ir solventando obstáculos, apoyándose en la propia historia y en las matizaciones de sus personajes. Como en toda obra literaria, la independencia y personalidad de los protagonistas elevarían a la novela a lo más alto. Su autor empleó unas constantes muy precisas. Con gran talento descriptivo, fluidez en los pasajes, maduración de los elementos y confrontaciones. Sabiduría.
Parabólicamente esta es, y ha sido, la hoja de ruta del Fútbol Club Barcelona durante todo este año futbolístico. Una idea constante. Las dos claves: jugar con marcador a favor y tener fe. Y sobre estos dos conceptos trabajar y trabajar y trabajar. Resetear mentalmente, jugar partido a partido, y conectar con las claves: adelantarse en el marcador y tener fe en esa posibilidad. Esas eran las causas. Lo eterno de este conjunto y lo más disfrutable y perdurable son las consecuencias.
Si el Barcelona de Rijkaard tenía en Deco su interior referencia, su metrónomo, y a Ronaldinho como motor y generador de fútbol, Guardiola dispone de Iniesta y Messi como focos de este Barcelona. Si el portugués era el diesel, el que marcaba los tiempos, el que llevaba los partidos a diferentes marchas, Iniesta es el interior que traduce la idea de Pep. La importancia de la primera media hora. Avalancha, aceleración, ataque y portería entre ceja y ceja. Esa es la causa.
Todo eso ha ido generando en todo el entorno del fútbol europeo precedentes de respeto, y según avanzaban los meses, y los números crecían, y las lesiones no llegaban, el respeto se transformaba en intimidación, en temor. Y el espectador asistía asombroso y gozoso a una fascinación histórica. Esto era la consecuencia.
Ayer, Ferguson intentó evitar esto. Salió a por el Barcelona, a por el partido. A adueñarse de la primera media hora. Llevo a cabo esta idea a través de Cristiano Ronaldo. El futbolista más completo y moderno que ha existido nunca. La máquina más perfecta nacida jamás. En nueve minutos, cinco arreones, todos focalizados por el portugués. Una sorpresa mayúscula. El técnico escocés sabía que esto no eran 180 minutos, que en 90 minutos juegan los ases que uno esconde, la última bala. Y dejó al Barcelona grogui. La primera ocasión que tuvo el Barcelona de enlazar tercios del campo fue suficiente para contactar con la clave. Una constante. Como consecuencia de un Manchester más estirado, más arriesgado, Xavi recibe, se da la vuelta y enlaza con Iniesta. Comenzaba ahí el embrujo, el conjuro de este Guarcelona. Carrick y Anderson equivocan en dejar pensar sin hacer falta y después una inesperada acción de Eto´o pone el 1-0 en el minuto 10. Una acción tan puntual como equivocada por todo el repliegue devil. Y sobre todo por un Vidic que sufre, que no se impone, superado mentalmente en toda la final. Una auténtica tortura la que sufrió el central serbio. Una acción que debe acabar en un frenazo y pausa del camerunés, o buscar línea de fondo y apurar pase a la llegada de algún compañero. Pero Vidic pierde la perspectiva del área, concede un hueco, y su pierna derecha, la natural, se queda por delante del balón, aprovechada esta circunstancia para que Eto´o intuya ese espacio y tire de un recurso de 9, la puntera. Ahí se acabó la final, si queremos buscar un punto de desequilibrio. La clave de Pep se volvía a cumplir. No hubo giro de guión. Ya lo protagonizó como dije antes, el Iniestazo, el milagro.
Con este contexto, funciona el secreto futbolístico del Barcelona. La pelota. Xavi-Messi-Iniesta. Desgastar al rival, forzándole a presionar, a achicar, a arriesgar. Los mejores dominadores del balón que hay en Europa. El triángulo perfecto. Messi de falso 9. Podrían tirarse eternamente triangulando. Un autentico martirio. La confusión que crea esta situación en el rival es insoportable. Cada vez eran más constantes las transiciones de cara de los tres mosqueteros. El mediocentro del United no sostuvo nunca los inicios azulgranas. Carrick y Anderson fueron un desagüe. Messi destrozo el cuadrado que forman las dos líneas defensivas (Carrick-Anderson/Ferdinand-Vidic). Los primeros tras Iniesta, corriendo hacia su portería, con el consabido desgaste emocional que produce, y unos confundidos Ferdinand-Vidic, que no abandonaban su zona de influencia para presionar a los llegadores. Temían el error, la imprevisibilidad, la amenaza de Henry y Eto´o en los costados. Un contexto realmente terrible. Un poder de intimidación devastador.
La segunda clave viene por esa fe que remueve a todo componente de esta plantilla. Las bajas eran sensibles, pero la unidad, y la mentalización y compromiso del equipo era un signo más de sensación de destino escrito. Jugadores fuera de sitio (Touré), con pocos minutos en toda la temporada (Sylvinho, Busquets en el último tramo). El Barcelona no se encontró un rival que le expusiera a jugar en campo contrario constantemente como propuso el Chelsea, y la labor de los laterales parecía menos lustrosa en el partido de ayer. Pero nada más lejos de la realidad. Sorprendió la estabilidad que dio el brasileño, siempre cruzando la línea divisoria y abriendo el campo, incomodando a su par y liberando a los interiores, ofreciéndoles apoyos constantes. Partido ejemplar de Sylvinho, que rompió desconsoladamente a llorar tras el pitido final. Un ejemplo de FE. Touré tiro de competitividad y sus carencias como central se suplieron por el espíritu y entrega que caracteriza a este conjunto.
En resumen, el Barcelona ha conseguido imponer sus constantes durante todo el año, no ha encontrado antídoto posible, y cuando más cerca tuvo la derrota, el milagro de Albacete echó al traste toda posibilidad de desmoronamiento. La novela de Pep estaba escrita. Un solo giro de guión, para el recuerdo y atracción del espectador. Lo demás, una narración pensada desde el primer momento. El triplete ya es historia del fútbol. Enhorabuena.
P.D.: Finalizo reconociendo que nunca creí en este Barcelona para ganar la Champions. Pero ahí estuvo Iniesta
Reflexiones sobre lo que ocurre en los campos del planeta fútbol y las pistas del Circuito ATP. Y también de lo que ocurrió y de lo que puede ocurrir. Otro punto de vista. No te cortes, deja un comentario y dime que estás en desacuerdo en algo. Mi teclado está dispuesto a aprender.